El mamerto bogotano

A la vista, su forma anticuada de vestir es más opaca y homogénea. Su moda está dominada por los colores cafés desteñidos, sacos viejos con parches en los codos, cuellos de tortuga, botas militares y jeans con camiseta oscura. Por: Daniel Pacheco

El sentido más indicado para reconocer a un mamerto es el oído. Su discurso acartonado, compuesto por distintas configuraciones de las mismas palabras, es inconfundible; el vocabulario es reducido: sistema, contra, represión, revolución, opresión, pobreza, lucha, imperio, burguesía, explotación, pueblo; las configuraciones, infinitas: “Lucha contra el imperio”; “Explotación imperialista del pueblo”; “Pueblo oprimido por el sistema”; “Sistema imperialista burgués”; “Pobreza y opresión, igual revolución”. Sólo son ejemplos; combínense aleatoriamente, en letras apeñuscadas cuando es por escrito, y se tiene con estas palabras un panfleto listo para las imprentas de tinta roja del centro de Bogotá. 

A la vista, su forma anticuada de vestir es más opaca y homogénea. Su moda está dominada por los colores cafés desteñidos, sacos viejos con parches en los codos, cuellos de tortuga, botas militares y jeans con camiseta oscura en los más jóvenes. Faldas no hay; no sólo por la carencia sistemática de una población de mamertas saludable para la supervivencia de este nicho social, sino porque las pocas que existen (¡gracias al cielo!) suelen vestirse igual a los hombres. Lo digo como una observación estadística más que un juicio de valor, pero dentro de la mamertería las mujeres son feas.

Sin embargo, detenernos en los detalles exteriores, como esa manera insalubre de tomar café recalentado en vasos de plástico verde, ese gusto por las agendas de lomo de cuero y páginas de bordes dorados llenas de papelitos, esa fijación por las organizaciones con siglas, distrae del pensamiento esencial que hace al mamerto. Mamerto no es sólo izquierdista. Aunque el origen de la palabra está en la coincidencia de “ertos” en el Partido Comunista Colombiano, cuando Gilberto Vieira y Filiberto Barrera eran sus directivos, hoy el término se esparció por almas que moran fuera del partido.

En el fondo de esos corazones apasionados y recalcitrantes está la lucha constante de una existencia contradictoria. Los mamertos poseen una certeza absoluta de conocer la verdad sobre lo que debe ser para todo el mundo. Su misión es cambiar la tierra porque saben que, como está, está mal. Cambiarlo a usted, cambiarme a mí, cambiar el destino del pueblo. La revolución no es personal, compañero, la revolución es de masas. Por eso los pobres se ajustan tan bien a los objetivos de nuestros salvadores; los pobres, que no tienen voz para decir que no quieren que los salven.

Gente sabia podrá explicar cómo esto es una consecuencia de la filosofía marxista, pero el asunto no viene al caso, pues la mayoría de los mamertos no entienden a Marx, de todos modos. No por eso su seguridad inamovible de poseer la verdad va a derrumbarse, ni su deseo de salvar a la humanidad, así la humanidad se niegue, va a calmarse. Es una vocación espiritual: la mística intolerante, esencial del mamerto. Frente a esta ética de hierro, son infructuosos los argumentos, las discusiones, las evidencias más claras. Unos por sofismas burgueses, otros por manipulaciones y engaños mediáticos, y otros más por conspiraciones extranjeras. Frente a su seguridad dogmática, es inaceptable la diferencia o el disenso; son debilidades de mentes aplacadas por ese enemigo externo siempre al acecho.

En contra de este arrojo vital del mamerto se estrella la vida diaria de Juan, de María y de Pedro. Los mamertos son personas del común disfrazadas de revolucionarios. Los guerrilleros son revolucionarios disfrazados de personas del común. La diferencia es fundamental, y está en el corazón de la existencia contradictoria (¿por eso amarga e iracunda?) del mamerto.

Cuando se cierra el comité, se reparten las comisiones y se levantan las actas, el mamerto vuelve afónico al sistema contra el que vociferó durante horas. Se enjuaga su garganta con coca-cola antes de subirse al Transmilenio. Madruga al día siguiente al trabajo, por lo regular en una entidad del sector público, o a la universidad, generalmente una institución del Estado. Paga impuestos, tiene cuenta bancaria, hace mercado en el Éxito, ve telenovelas, y les compra cerveza a Bavaria y cigarrillos a Mustang en las tiendas salseras de La Candelaria.

A pesar de su escaso potencial reproductivo los mamertos son marginales duraderos. Serán los fósiles vivientes que atestigüen que en Colombia algunas cosas han cambiado para bien. A la gente ya no la matan tanto por lo que piensa o dice, sino por lo que hace, y eso para los mamertos es garantía de perpetuidad.

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A la vista, su forma

A la vista, su forma anticuada de vestir es más opaca y homogénea. Su moda está dominada por los colores cafés desteñidos, sacos viejos con parches en los codos, cuellos de tortuga, botas militares y jeans con camiseta oscura en los más jóvenes. Faldas no hay; no sólo por 642-975 la carencia sistemática de una población de mamertas saludable para la supervivencia de este nicho social, sino porque las pocas que existen (¡gracias al cielo!) suelen vestirse igual a los hombres. Lo digo como una observación estadística más que un juicio de valor, pero dentro de la mamertería las mujeres son feas.

Sin embargo, detenernos en los detalles exteriores, como esa manera insalubre de tomar café recalentado en vasos de plástico verde, ese gusto por las agendas de lomo de cuero y páginas de bordes dorados llenas de papelitos, esa fijación por las organizaciones con siglas, HP0-J26 distrae del pensamiento esencial que hace al mamerto. Mamerto no es sólo izquierdista. Aunque el origen de la palabra está en la coincidencia de “ertos” en el Partido Comunista Colombiano, cuando Gilberto Vieira y Filiberto Barrera eran sus directivos, hoy el término se esparció por almas que moran fuera del partido.

En el fondo de esos corazones apasionados y recalcitrantes está la lucha constante de una existencia contradictoria. Los mamertos poseen una certeza absoluta de conocer la verdad sobre lo que debe ser para todo el mundo. Su misión es cambiar la tierra porque saben que, como está, está mal. Cambiarlo a usted, cambiarme a mí, cambiar el destino del pueblo. La revolución no es personal, compañero, la revolución es de masas. Por eso los pobres se ajustan tan bien a los objetivos de nuestros salvadores; los pobres, que no JN0-532 tienen voz para decir que no quieren que los salven.

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¿Mamerto?

Hola, me gustaría saber entonces ¿cuál es el ciudadano ideal que se merece un país como Colombia, una persona "común y corriente", sabiendo que estamos influenciados por los medios, por las telenovelas (bien sean con sentido melodramático o costumbrista), por los filósofos, por la iglesia, la política y un sin fin de entes estatales y gubernamentales? Hoy 9 de enero de 2010, nuestra embajadora en Estados Unidos, Carolina Barco mencionó lo siguiente: "Recuerden que Colombia no sólo es Bogotá, Medellín o Cartagena, Colombia es un país CULTURAL..." Cabe aclarar que no soy de izquierda, algo de derecha, pero sería bueno aclarar ¿cuál NO sería el ciudadano "mamerto", teniendo en cuenta nuestra diversidad cultural?

Agradecería una pronta respuesta a este comentario a través de mi mail: luisagomezrodriguez@hotmail.com

Mil Gracias
Luisa Gómez Rodríguez

Edición 28

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