Los muchachos perdidos

Recuerdo que vimos The Lost Boys a las once de la noche y después salimos a la calle a dar una última vuelta a la manzana y a sentir cómo sobrevolaban nuestras cabezas unos pequeños murciélagos.

Hace unos años mi hermano fue a visitar a un primo en una clínica psiquiátrica en Neiva. Le habían diagnosticado esquizofrenia y sus padres decidieron internarlo después de que desapareció un par de días. Mi hermano jamás entendió por qué no quise ir a ver a Mauricio si nuestras vidas habían estado tan unidas a la suya.
 
Las vacaciones de mitad de año y de diciembre las pasábamos siempre con él y su hermano Juan Manuel. No había alegría más grande para nosotros que salir de Bogotá, dejar atrás nuestra tonta vida de conjunto cerrado y llegar a esa ciudad a las orillas del río Magdalena, después de atravesar campos de sorgo en un Renault 18 verde por unas rectas soleadas y perfectamente negras. Cuando llegábamos a la casa de los familiares de nuestro padre, que había venido a nacer en aquel calor infernal, salíamos corriendo enloquecidos. La calle era nuestra y teníamos como guía a Mauricio, o Pirata, el apodo que le habían puesto sus amigos de la cuadra, nunca supe muy bien por qué. Con él y Juan Manuel nos emborrachamos por primera vez un diciembre.
 
Entre los cuatro juntamos dinero y compramos a escondidas en el Ley una botella de Special Cooler, un aperitivo de manzana que pusimos a helar en la nevera de la dueña de la tienda de la esquina. Con el dinero sobrante compramos pólvora. Nos tomamos la botella sentados en una acera a unas cuadras de la casa, bajo las estrellas, con una brisa que cada vez me hace más falta y el ruido atronador de media docena de martillos, como se llamaban los dispositivos más poderosos que habíamos conseguido. Durante esos días y noches mi hermano y yo nos sentíamos libres. Dejábamos de ser niñitos de colegio que no habían experimentado la desazón y euforia que produce cercenar con una piedra y de un solo tiro la cola de una lagartija y verla sangrar bajo el sol. Por unas semanas éramos provincianos rebeldes, casi vándalos, pensaba yo con mi reducida cabeza bogotana.
 
Oíamos los casetes de metal de Mauricio en el patio de la casa, recorríamos las lomas de la ciudad de arriba para abajo como perros callejeros o alquilábamos películas de terror. Recuerdo que vimos The Lost Boys a las once de la noche y después salimos a la calle a dar una última vuelta a la manzana y a sentir cómo sobrevolaban nuestras cabezas unos pequeños murciélagos que salían de las copas de los almendros. Creíamos que Mauricio tenía las mismas ojeras de Kiefer Sutherland en aquella película y si no éramos vampiros por lo menos éramos piratas.
 
Con el tiempo dejamos de vernos. Mi padre encaminó su nuevo carro, en esta ocasión una camioneta blanca de la misma marca, hacia el mar. Regresamos unas pocas veces al sur, y en la última vez Mauricio ya estaba internado. Mi hermano me contó que cuando lo vio empezó a llorar. Aunque ya no está recluido, me acuerdo de él cada vez que paso por la clínica psiquiátrica de Servitá o por la de Montserrat, donde fue a parar un compañero del colegio que se hizo pasar por loco para salvarse del servicio militar. El tipo voló un sanitario de su casa y después aceptó pasar una temporada encerrado. Después de firmar la salida de la clínica nunca fue el mismo.
 
Sé que Mauricio vive medicado en la casa de sus padres, que cada vez que puede se escapa y se pone a caminar hasta que le sangran los pies. La última vez lo encontraron a la salida de Neiva, en plena carretera.
 

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