Este espacio de restauración carnívora de la localidad de Chía se ha convertido en un lugar donde las pertenencias y la identidad colectiva de eso que confusamente llamamos “clase alta” han trascendido para estructurar, más bien, un espacio de rivalidades de clase, de complejos procesos de ostentación social y de exhibición lamentable y permanente de nuestras desigualdades.
Los antropólogos de la burguesía nos lo han dicho hasta la saciedad: los lugares como Andrés desencadenan ritualidades que buscan determinar las pertenencias de clase. Hasta ahí todo va más o menos bien. El rollo es que la propuesta que se nos presenta intenta construir un espacio de conciliación que es tan falso como las sonrisas de los hijos de papi que nos atienden.
Primero lo primero: hay que llegar en carro, y eso filtra. Entrar exige una cierta indumentaria. Claro, disfrazarse es fácil hoy. Antes, cuando no había ropa importada era difícil. Sin embargo, presumimos que hay un personal permanentemente preparado para clasificar a los que no entran, los que entran normalmente y los VIP. Normalmente, los narcos, o la gente que lo parece, no entra: sabemos que su integración pasa por otros sutiles mecanismos ideados por el sistema financiero.
La colombianidad, propuesta estética de múltiples fusiones, recorre los muros. Y un sentimiento de insoportable nacionalismo nos es impuesto. Entre miles de objetos (todos más o menos ligados a nuestros orígenes regionales) que crean identidad nacional y desatan sonrisas de las abuelitas no están, por supuesto, ni las claves de nuestra historia política, ni los extensos pastizales que han empujado la frontera ganadera al desplazamiento campesino. El poder de la carne, leído como economía política, es un registro demasiado mamerto. Pero ¿ni siquiera un retrato de Luis Carlos Galán?
Los meseros son, por supuesto, niños y niñas que provienen de las entrañas de los estratos más altos. Son escogidos mediante cuidadosos castings y desarrollan toda una amalgama de comportamientos amigables cuando, déjenme decirles, en realidad creo que odian su oficio. Se cree que saben distinguir quiénes son los naturales clientes del lugar y quiénes van por primera vez. Y de acuerdo a si son simpáticos o antipáticos, se atiende bien o más o menos bien. Y la lucha comienza: zonas reservadas para ciertos grupos, ricos que se desinhiben con el trago y bailan empujando, chicos y chicas enamorados, etc.
La clase media (finalmente mayoritaria en el lugar) cree que ha logrado la fusión en tres horas de fiesta democrática, viandas y buena onda. Llega la cuenta y la satisfacción por pagarla es evidente, pese a la preocupación por las cuotas a las cuales deberemos diferir el asunto. Y la burbuja se acaba: vuelve el pobre a su pobreza y el rico a las divisas. Y la farsa termina con la sutil ilusión de ser colombianos al mejor estilo.
Colombia está ahí presente, en eso no se equivocan los holandeses o gringos que visitan el lugar. Pero no en la decoración de las paredes, sino en las cocinas en las que los de salario mínimo lavan los platos, en las propinas que los meseros se gastan en ostentación, y en las ganancias de los dueños. Una jerarquía que refleja, de entrada, la división social colombiana.
Y claro, se come bien. La carne es buena. No nos vamos a amargar el rato ni a entrar en valoraciones seudoizquierdistas o resentidas. Y la propuesta es tan original como esta Colombia, donde unos señores en plena zona ganadera construyeron unos hornos crematorios con fines, en últimas no tan distintos, al mantenimiento del statu quo que se da mientras imaginamos cómo nuestra orden se hace en la parrilla.






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Primero lo primero: hay que llegar en carro, y eso filtra. Entrar exige una cierta indumentaria. Claro, disfrazarse es fácil hoy. Antes, cuando no había ropa importada era difícil. Sin embargo, presumimos que hay un personal permanentemente preparado para clasificar a los que no entran, los que citrix exams entran normalmente y los VIP. Normalmente, los narcos, o la gente que lo parece, no entra: sabemos que su integración pasa por otros sutiles mecanismos ideados por el sistema financiero.
La colombianidad, propuesta estética de múltiples fusiones, recorre los muros. Y un sentimiento de insoportable nacionalismo nos es impuesto. Entre miles de objetos (todos más o menos ligados a nuestros orígenes regionales) que crean identidad nacional y desatan sonrisas de las abuelitas no están, por supuesto, ni las claves de nuestra historia política, ni los oracle exams extensos pastizales que han empujado la frontera ganadera al desplazamiento campesino. El poder de la carne, leído como economía política, es un registro demasiado mamerto. Pero ¿ni siquiera un retrato de Luis Carlos Galán?
Los meseros son, por supuesto, niños y niñas que provienen de las entrañas de los estratos más altos. Son escogidos mediante cuidadosos castings y desarrollan toda una amalgama de comportamientos amigables cuando, déjenme decirles, en realidad creo que odian su oficio. Se cree que saben distinguir quiénes son los naturales clientes del lugar y quiénes van por primera vez. juniper training Y de acuerdo a si son simpáticos o antipáticos, se atiende bien o más o menos bien. Y la lucha comienza: zonas reservadas para ciertos grupos, ricos que se desinhiben con el trago y bailan empujando, chicos y chicas enamorados, etc.
Me parece que es un asunto
Me parece que es un asunto estúpido pegarse de tonterias como esta para decir que es un lugar clasista (esta como los pendejos que no consumen coca cola por ser "imperialista"). Se esta ahogando en un mar de pequeñeces insignificantes disfrazandolas de politicas y económicas.
Cartel Urbano ya no sabe que
Cartel Urbano ya no sabe que inventarse
sorprendanooos pendejos universitarios
critican el cliché del nacionalismo y los narcos pero ustedes son un el estereotipo de universitarios en la tipica prensa ramplona que no busca interrogar sino solo criticar a diestra y siniestra
saquen pues la cara por el país que tanto sufrimiento les causa