Mochileros

Hoy más que nunca Bogotá está recibiendo a diario a decenas de trotamundos, andariegos, backpackers o como se les quiera llamar a los mochileros que se quedan en los hostales de la Candelaria.

 Si espera ver desfilar por estas líneas a un montón de hippies harapientos, barbados, apestosos, gente desenfrenada que viaja de ciudad en ciudad en busca de sexo ligero y drogas pesadas, rasgando en una estropeada guitarra las notas deslumbrantes de algún viejo profeta de rock, debo decirle que no, que lo que hallará va a sumirlo en lo más hondo de la desilusión.
 
Lejos de ese estereotipo, la creciente ola de turismo de mochileros ha arrastrado hasta el barrio La Candelaria de Bogotá a una horda de individuos decepcionantes; por lo general educados, limpios, algunos lampiños, risueños, soñadores.
 
Claro que quieren enrumbarse, claro que quieren sexo y divertirse un poco por ahí. Son en su mayoría jóvenes que han renunciado temporalmente a la comodidad de grandes metrópolis para animarse a descubrir, lejos de los superficiales planes turísticos, que la vida puede ser más que un invariable paisaje de anuncios publicitarios entre la casa y la oficina.
 
Es viernes en la noche y me encuentro en el Sue, uno de los tres hostales que administra Óscar Payán y que junto con Fátima, Alegría, Plátipus y El Cafecito hacen parte de las más de 20 casas en las que se alojan cerca de 300 trotamundos que, según Payán, habitualmente deambulan por la ciudad. Aquí están Martin, Dylan, Agustina, Jonás, Nacho, Marc, José, Susith y otros, hablando y hablando en un inglés matizado con acentos diferentes, que se diluye entre música alta y risas de cascada. Botellas de licor circulan por las mesas, el humo de los cigarrillos se eleva pero no alcanza a opacar la atmósfera teñida de cabellos rubios.  
 
Este tipo de turistas, cuenta Payán, ha revitalizado a La Candelaria, hasta donde llegan atraídos por su carácter histórico y su oferta cultural. Pese a la preocupante estampida de atracos ya la desidia policial, la mayoría llega por sugerencia de otros mochileros que conocen en hostales de otras ciudades latinoamericanas. Me acerco a Marc, un inglés que esgrime un rostro curtido y habla con una desconfianza previsible en alguien que ha viajado por zonas apartadas. Dice que prefiere los pequeños pueblos y las ciudades intermedias porque pese a las diferencias todas las grandes ciudades se parecen. Sin embargo lleva un par de semanas en Bogotá, luego de pasar por Medellín, Quibdo, Urabá y  otros pueblos perdidos que pocos colombianos conocen. No menciona su apellido ni su próximo destino, pero aclara que no es nada personal y se disculpa por no hablar español.
 
La mayoría de los mochileros son europeos,  australianos, norteamericanos y japoneses, y en menor medida latinoamericanos. Aunque los israelíes son pioneros en esta clase de turismo y numerosos en el barrio, no hay ninguno en este hostal, pues suelen alojarse en hostales diferentes, menos pulcros y ordenados, diseñados para su uso exclusivo, como Casa Ifta. 
 
Mariana Negreiro es una argentina de 26 años que ha podido captar el fenómeno mochilero desde al menos dos perspectivas. Estudió turismo y trabajó durante un largo periodo en un hostal en Buenos Aíres. En noviembre renunció a su trabajo y emprendió un viaje hasta el norte de Argentina, donde trabajó en otro hostal. Desde allí inició un recorrido que aspira concluir en diciembre en México. Su plan inicial consistía en viajar rápidamente hasta la costa caribe, pero quedó prendada de Bogotá, y gracias a su experiencia consiguió trabajo en el Sue.
 
Con Mariana llegó Agustina, quien con apenas 19 años decidió emprender su primer viaje por Latinoamérica y luego dar el salto hasta Europa. Consiguió trabajo en el Fátima, una casa de 23 habitaciones administrada por Kitty Marín y Paola Gómez, que ofrece los clásicos servicios de habitaciones privadas o dormitorios compartidos de entre tres y ocho camas.
 
La vocación de mochilero del australiano Dylan Simpson está a medio camino, pues aunque se instala en dormitorios de hostales y aspira escribir sus experiencias, suele viajar en avión. Habla de las bellezas que conoció en Buenos Aires y se muestra expectante frente a las chicas que pueda conocer aquí. En la misma mesa están Matin Kettle y Susiyh Dilanka, dos escoceses que llegaron ayer por la tarde y piensan viajar a Ipiales en unos días, para luego recorrer Ecuador y Perú. Susith es de origen indio, y aunque su español es casi nulo, conoce algunas expresiones que repite frecuentemente. Cada vez que ve oportunidad me lanza un grito: “Cómo jestás  mi jermano”, y suelta una carcajada. Martin tiene unos ojos azules melancólicos y una mirada de Cristo en la cruz. Por la tarde se tatuó en el brazo izquierdo un símbolo  tayrona, “amor por Colombia”, balbucea en un español precario, pero se escuda en su pequeño Oxford Spanish Minidictionary, que una y otra vez mete y saca de su bolsillo en busca de la palabra correcta.
 
Más allá está Yoni Reinberg, un judío americano que viaja para poder estar solo y huir del estrés de Nueva York. Según él, un alto porcentaje de mochileros es impulsado a viajar por crisis personales, como penas de amor, desilusiones laborales o problemas familiares. Como Jonás Eichenberger, quien viajó desde Suiza hasta México para reencontrase con su novia y cuando llegó la encontró con otro. Pero sacó fuerzas y decidió seguir solo su camino. A su llegada a Bogotá un taxista le metió un billete de 20 mil falso.
 
Nacho Vedcik nació en Bogotá pero fue adoptado a los tres años por una familia noruega. Su trabajo en la agencia Chill Out Travelling Center  consiste en viajar por Suramérica y recopilar información que luego será vendida a otros mochileros.
 
El único colombiano alojado en el hostal es José Barco, que parece ser la antítesis  de todos los demás. Perteneciente a la vieja escuela de backpackers, viaja en compañía de su novia inglesa Jessica Anderson. Auspician sus viajes interpretando un instrumento y vendiendo artesanías. José dice que “a diferencia de los norteamericanos y europeos, uno como colombiano no puede ahorrar dinero para viajar”.
 
 
El martes por la tarde me doy otra vuelta por el hostal. Dylan Simpson se ha enredado con una vecina del sector, Jonás y José se han marchado. Marc sigue igual de circunspecto pero ya me sonríe. Nacho ha decidido renunciar a su trabajo y quedarse en Bogotá para buscar a su familia. Martin Kettle está solo en un rincón, unos pelaos con navaja le robaron el Ipod, las tarjetas, el dinero, la fotocopia de los papeles y el celular. Me acerco para preguntarle cómo le va. Me enseña el papel de la denuncia y saca su pequeño diccionario para decirme “furioso”, aunque la palabra precisa sería “emputado”. Pobre Martin: ojos llorosos, apartado en un rincón. Conozco esa sensación de impotencia, esa rabia, esas ganas contenidas de putear y patear a todo el mundo, sobre todo a uno mismo. Pobre Martín, quería llevarse de recuerdo un tatuaje y ahora se lleva algo más parecido a una cicatriz.
 
Observo el panorama del hostal: una nueva gavilla de mochileros se ha instalado. Nuevas caras y aptitudes. Michael, Susan, Tomy, Mildred, Gian. De seguro en los próximos días visitarán museos, se enamorarán, se emborracharán, serán estafados y alguno será despojado de sus cosas por un asaltante juvenil, y luego decidirán quedarse o partir. Hace parte del libreto, está escrito, mientras usted y yo, seguiremos anclados, indecisos, en la rutina de ir y venir, entre la casa y la oficina, mientras la tierra sigue girando bajo nuestros píes.

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Eehhhh no sé que pensar.

Trabajé en el centro 2 años (por todo el centro, no solo el centro histórico y/o La Candelaria)y tenia que recorrerlo totalmente cada dia, trabajaba en una transportadora.
Los 2 grupos de gente que más me "incomodaban" en cierta forma eran los turistas y los desplazados por la violencia. Admito que tal vez el artículo no tenga nada que ver con lo que voy a escribir; pero me recordo mis ideas sobre algo.
En cierta forma estos dos grupos representaban la máxima contradicción que yo viviera. Me mostraban la impotencia, cuando veía una madre descalza con sus niños pidiendo dinero a los transeuntes y luego veía estos "monitos" lindos de 1,90 paseando en chancletas me cabreaba. Y no soy xenófobo ni mucho menos, se que viajar es una actividad que le gusta a mucha gente.
Pero ver a algunas niñas gomelitas de las universidades babeando por un extranjero y luego siendo sus guias por Bogotá... y no me quiero meter en los temas que todos sabemos, ellos no vienen solo buscando relajación y paisajes bonitos...
En fin se me ocurre una idea estúpida, porque no que los universitarios hagan un trabajo social capacitando a los desplazados para que muestren a Colombia ya que seguramente la conocen más que la mayoria de "niños bien" y que los extranjeros conozcan el país por la gente que realmente lo vive, no por jovenes que quieren rumba precaria.
es que siento que preferimos acompañar a un "mochilero" que ayudar a un desplazado. Y eso moralmente no esta bien. Eso que lo arregle el gobierno, cierto?

En fin, quién soy para juzgar, cada cual vive como puede, basta con saber como tratan al inmigrante latino en los paises del "primer mundo".
Algunos creen que pienso eso por resentimiento, pero creo que es mas por impotencia. No voy a decir que la mayoria de los que leen esta revista prefieren vestir una chaqueta cool a sensibilizarse con lo que los rodea, aun tengo esperanza en nosotros, espero que no seamos tan paila.

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