En defensa de Don Guillermo

Sus reportajes audiovisuales despiertan amores y odios entre la audiencia de su programa. Rolf Perea defiende la forma de hacer periodismo de este reconocido personaje nacional.

Vamos a lo primero, a mí el señor no me cae bien, pero me cayó peor hace como 10 años cuando se me atravesaron sus mechas pintadas, sus tatuajes, sus piercings y su aretico. Y para completar el combo, su apodo: Pirry. Todo envuelto en ese aire prefabricado, chocoloco y de aventurero extremo con el que lo vendió RCN por allá a comienzos de este siglo.

El asunto empeoró cuando él, chocolocamente, comenzó a exaltar su origen tunjano (lo cual no tiene nada de malo, mi esposa también es de allá) para que apreciáramos el contraste de su muy moderna imagen con la del estereotipo de la capital boyaca. Con la revelación orgullosa también vino la comprobación de que antes de que le clavaran el “Pirry”, era en realidad un cristiano que en su microcosmos fue conocido como Guillermo Prieto La Rotta, orgulloso egresado del Colboy (Colegio de Boyacá) y de Zootecnia de La Salle. En fin, cosas de la imagen.

Saltando todas estas consideraciones subjetivas, debo decir que algo va del Pirry de esa época al de hoy. Antes, cuando se tiraba de todo lo que tuviera más de 20 metros (igual de un avión que del puente que divide Girardot de Flandes), o alardeaba con que lo habían mandado a viaticar para limpiarle los mocos a un elefante en la India, o había tragado moscos con alguna tribu perdida o buceado como sirena al lado de un tiburón en Australia (lo sigue haciendo), nos dejaba esa sensación de “bien por él, mal por uno”. Pura envidia.

Pero el Pirry de hoy es otro tipo. Quién podría negar que su especial sobre la heroína es un documento periodístico de primera en cuanto a realización e investigación. Un golpe a la mandíbula que invierte el concepto ese que nos hace ver sólo como productores de droga, cuando estamos metiendo como locos todo lo que se nos atraviesa, sea mercancía sintética o natural.

¿O qué tal el programa de la anorexia? El drama que se cuenta a través de las protagonistas es la muestra clara de que no es carreta que una buena historia son los personajes. Además de otros trabajos de impacto (como la entrevista a Garavito con el debate que se vino después), son sobre todo, a mi juicio, dos aspectos de fondo los que hay que abonarle al Pirry de hoy. Primero, el hecho de colonizar una franja triple A para que el colombiano promedio tenga una opción audiovisual distinta para ver, ya sea para criticarlo o para dejarse seducir con algún ángulo de sus historias.

En su blog, el periodista Víctor Solano, hablando de El Mundo Según Pirry y de Séptimo Día (su enfrentado), dice: “el que sale ganando es el televidente que pasa de ver la flexibilidad de apertura de piernas de Jean Claude Van Damme al tratamiento de historias reales en las calles y campos de nuestro país”.

El segundo aspecto es el que realmente ha hecho que don Guillermo me caiga mejor: en un canal abiertamente gobiernista, lambón y afecto a vender hasta con cierta impunidad sólo las versiones oficiales, él ha hecho la diferencia. En su programa se narran las historias que no tienen cabida en los noticieros.

Pero aún no me le quito el sombrero a Pirry, porque hay otra cosa que a veces hace que don Guillermo me entre de nuevo en reversa. Esa propensión muy colombiana de contar todo a través de lo que sienten sus carnitas y sus huesitos. Esos relatos en primera persona que validó Ómar Rincón en su entrevista de la revista Arcadia (¿Periodismo crítico o populista?), siempre me ha parecido una odiosa costumbre de las divas y divos de la televisión de querer siempre y a toda costa ser más importantes que sus historias. Qué pena, don Guillermo, ¡pura crítica constructiva!
 

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