El primer hippie del mundo

Vitautas Alphonsus Paulekas, un hombre de origen lituano que vivía en Los Ángeles en los años 50 del siglo pasado, es probablemente el primer hippie que existió en el mundo.

 Cuando miramos las imágenes de esa ya lejana y mítica época de mediados de los 60, en la que surgieron los hippies en California, siempre aparecen las caras de jóvenes y adolescentes que, fugados muchos de ellos de sus hogares a lo largo y ancho de los Estados Unidos, huían hasta San Francisco y alrededores para evadirse del mundo de rutinas y reglas de sus padres y experimentar con el sexo, ácidos como el LSD y la ilusión de formas de vida rupturistas y hasta revolucionarias. 
 
En abierto contraste con esas imágenes que los videos musicales y publicitarios han banalizado hasta la náusea, Vitautas Alphonsus Paulekas había nacido en 1910. Era entonces casi un abuelo cuando en 1962 “empezó a bailar cada dos semanas con una banda que hacía versiones del Top Ten, Jim Doval & The Gauchos.” (Barry Miles, Hippie, 2003). Vitautas, Vito, era un hombre de naturaleza dionisíaca, que se dedicaba a bailar junto a su mujer Zsou, su compinche Karl Orestes Franzoni, alias Captain Fuck, y un grupo de 30 bailarines. Todos ellos se hacían llamar los freaks y presagiaban el mundo de las orgías, la vida en comunas y el ritmo desenfrenado que caracterizaría al efímero universo hippie californiano.
 
Barry Miles, quien vivió la explosión hippie desde su librería experimental Indica en Londres, describe así a Vito: “llevaba el pelo peinado hacia adelante, cortado a lo beatle, y, aunque tenía un cuerpo muy juvenil, su cara surcada de arrugas y el bigote canoso revelaban su edad. Vito era una especie de gurú que Richard Goldstein describía diciendo: ‘no es el sabio más expresivo, pero entra en los demás como un rayo. Sus teorías son de una lógica aplastante pero las expone con una alegría galáctica”. De su compañero de baile y juergas Karl Franzoni dice Miles: “tenía una lengua increíblemente larga y puntiaguda que utilizaba para disparar como un monstruo de Gila. Vestía mallas rojas que exageraban el tamaño de sus genitales, camisetas estridentes y una gorra con una F que se refería a Captain Fuck. Igual que Vito, era un depredador sexual, y dirigía toda su atención a las adolescentes que se dejaban caer por los conciertos”.
 
En muchas ocasiones el cambio se anida, casi que dormita, en los pliegues más profundos de una sociedad. Durante décadas y a veces durante siglos, los sistemas permanecen inalterables en su esencia. Todo el orden establecido permanece inamovible y oprime, como una pesada losa, a aquellos que no se sienten a gusto y que viven bajo el yugo de formas y contenidos asumidos rutinariamente por las mayorías. Quienes llevan en sí las semillas de transformaciones profundas, pero para las cuales aún no está preparada la sociedad, deben vivir como excéntricos, desadaptados, fracasados, marginados, aventureros sin oficio, pústulas para el resto de sus contemporáneos. Cuántos seres humanos no habrán sufrido la tragedia de no ser compatibles con la época en que les fue dado vivir. Cuántos no fueron como el profeta Juan que pregonaba solo y a destiempo, en los desiertos del Medio Oriente hace más de dos mil años. 
 
Para que ciertos destinos sean realizados es necesario que coincidan con la época. De lo contrario, una suerte de sino inexorable de exclusión e incomprensión acompañará al hombre o a la mujer que pertenecen a un mundo que aun no existe. A estos hombres les ocurre como a Owen Glendower en el acto III de Enrique IV de Shakespeare, quien se ufana: “Puedo llamar a los espíritus desde la vasta profundidad”, a lo que Hotspur responde escéptico: “¡Bah!, yo también puedo y todo hombre puede; pero ¿vendrán cuando les llameis?”. No basta entonces con que un hombre pretenda transformar o darle un giro a la época en que vive. Es necesario que desde las profundidades de esta, emerjan fuerzas prometeicas, titánicas, que permitan desafiar el poder de la rutina y la permanencia.
 
Viito y sus freaks estaban fuera de época en los años 50. Probablemente de no haber llegado el huracán dionisíaco de los 60, con una música que estaba hecha para agitar todo el cuerpo, con ideas y drogas que desataron toda suerte de experimentaciones y alucinaciones, con la explosión de bacanales que tuvieron lugar en unos pocos años, los freaks hubieran pasado como un grupo de estrafalarios vejetes. Habrían sido vistos como viejos verdes que hacen que sus coetáneos muevan la cabeza en signo de total reprobación y que llevan a que adolescentes un tanto desquiciadas se conviertan en sus bacantes.
 
Hoy se agitan poderosos vientos de realidad. Fuerzas prometeicas parecen a punto de desatarse en muchos lugares de nuestro frágil planeta, amenazado de muerte por la voracidad de langostas de las delirantes fuerzas del dinero. Tal vez esté llegando la hora para muchas personas que han vivido en los márgenes, no solo porque así lo han querido, si no porque las fuerzas dominantes les han acorralado allí. Y es que en tiempos de dictadura de formas caducas, sólo en los márgenes sobrevive la realidad con su capacidad para la auténtica innovación, la audacia para experimentar y el espíritu explorador. 
 
Un gran aventurero llamado T.E. Lawrence, afortunado que encontró durante algunos años su época, hace ya casi un siglo, y que quedó en la leyenda como Lawrence de Arabia, dejó este testimonio: '' Todos los hombres sueñan. Pero no sueñan de la misma manera. Los que sueñan por la noche en los secretos y polvorientos huecos de la mente se despiertan para descubrir su total futilidad; pero los soñadores diurnos son hombres peligrosos, capaces de poner sus sueños en acción con los ojos abiertos para hacerlos posibles.”
 
 

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