Los 40 años del parque de la 60

Durante años, este parque fue el punto de encuentro por excelencia de todos los hippies de Bogotá. Era un espacio para la psicodelia, la comunicación, la socialización al calor de un bareto, las expresiones artísticas, la libertad.

Hace cuatro décadas el parque de los Hippies, ubicado en la calle 60 entre carreras séptima y novena, era un hervidero de manifestaciones culturales. Un combo compuesto por Manuel V, Sybius, Federico Taborda, Gustavo Hincapié, Thor, Blacky, Miguelito, entre otros pinoeros del hippismo bogotano.

Estábamos echando carreta y entre todos dijimos que nos íbamos a tomar el parque”, cuenta Gustavo Arenas (Dr. Rock), uno de los asiduos visitantes de la calle 60. Corría el año 1969 y él y sus amigos acababan de salir de un concierto de las bandas Tapus, Siglo Cero y Glass Onion. Lo que empezó como carreta se fue convirtiendo en una realidad: pintaron las bancas, podaron el pasto y barrieron el parque. El que hasta entonces se llamaba Julio Flórez se convirtió en el parque de los Hippies.

Durante años, este parque fue el punto de encuentro por excelencia de todos los hippies de Bogotá. Era un espacio para la psicodelia, la comunicación, la socialización al calor de un bareto, las expresiones artísticas, la libertad. Un escenario donde se llevaban a cabo conciertos, fogatas, obras de teatro, happenings, presentaciones de danza, recitales de poesía y lecturas de manifiestos contraculturales.

Algunas de las bandas más populares entre los hippies eran Los Flippers, con aires psicodélicos; Génesis, dentro del folk rock, y otras menos recordadas, como Aeda, Carne Dura o Caja de Pandora. Sybius, asesinado cuando intentaba montar una obra de teatro en Granada (Meta), era el poeta por antonomasia del mundillo hippie bogotano.

“Era un sitio de frescura, o como decía una expresión de esa época, crema de frescura”, dice Fito Solarte, otro de los hippies de aquellos años.

Según Tania Moreno, ex integrante de Génesis, “muchos huyeron de la casa al enfrentarse a la intolerancia de sus familiares, por lo que el parque se convirtió en su hogar”. Así ocurrió con uno de los personajes más famosos de los primeros años del hippismo en Bogotá: Manuel Vicente Peña (Manuel V), hijo de una prestigiosa familia cachaca y fundador del periódico Olvídate, en el que se publicaban manifiestos, entrevistas, poemas y dibujos relacionados con la escena hippie.

“La música hizo el milagro. Fue como una especie de catarsis. Todos empezaron a reunirse en el parque y fue algo maravilloso, pues por primera vez los hijos de papi se reunieron con los loquitos de por ahí”, recuerda Solarte. “No había diferencia de clases, todos éramos hermanos”, agrega Moreno.

El sector aledaño al parque empezó a ser conocido como el pasaje de los Hippies, pues un español, propietario de un estrecho pasaje comercial en la 60 con novena, decidió arrendarles locales a bajo costo a los mechudos, lo que aumentó la proliferación de almacenes administrados por hippies, como Las Madres del Revólver, Cannabis, Piernas Peludas, Safari Mental, Samsa, entre otros que se especializaban en  cachivaches, ropa y accesorios.

Los hippies eran una mancha multicolor en una ciudad donde la gente prefería vestirse de gris, café o azul oscuro.

Aunque las formas de vestir eran muy diferentes, había ciertas tendencias. Algunos lucían similares a los mod ingleses, con camisas y pantalones entallados, pelo liso y botas a los tobillos. Otros, con chaquetas de cuero, imitaban a Marlon Brando y a James Dean. Estaban también los que usaban prendas de colores vivos con influencias indígenas o de la India.

Algunos almacenes de la zona se especializaban en afiches, como Tánatos (propiedad de Tania Moreno), Vampiro Ediciones y El Escarabajo Dorado (con el eslogan “En afiches sobrado”).

 Un afiche en el que se ofrecía una recompensa a quien encontrara a Jesús, acusado por los hippies de sedición, anarquía, conspiración y demagogia, puso en la cárcel La Modelo a Alberto y Horacio Marín, dueños de El Escarabajo. Este episodio hizo que las autoridades tomaran “acciones enérgicas contra los hippies por escándalo, conducta inmoral y perversión”, lo que ocasionó las primeras batidas de la policía.

Los conciertos de rock que posteriormente se realizaron en Lijacá y en el parque Nacional, y las constantes intervenciones de la policía, le fueron quitando espacio al parque de la 60. Con el tiempo, la gente lo olvidó. Los almacenes se fueron quebrando uno a uno, y las calles aledañas, en las que alguna vez era difícil caminar por el gentío, poco a poco se fueron quedando vacías.

Hoy, el parque de los Hippies es como cualquier otro parque de la ciudad. La connotación de rebeldía, libertad e igualdad que tuvo alguna vez quedó sepultada cuando construyeron allí una estación de policía, algo que los verdaderos hippies nunca perdonarán. En parte por eso, hace algunos años, cuando la alcaldía de Mockus le propuso organizar un concierto para relanzar el parque, la respuesta del Dr. Rock fue tajante: “¡Ni por el hijueputa!.
 

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